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Las grandes movilizaciones de Madrid, un hito histórico de la respuesta obrera y popular frente a las agresiones del Capital

Una vez más Madrid fue “rompeolas de todas las Españas” como en el viejo verso de Machado, que recobraba toda su actualidad y volvía a hacerse carne -y sangre- de un pueblo en movimiento, la noche del día 10 y la mañana del 11, al calor de la marcha minera.

Mineros de las cuencas de Asturias, de Castilla-León y de Aragón se daban cita en Madrid la noche del martes 10, iluminando el camino de la rebeldía con las luces prendidas de sus cascos mineros. Cumplían con ello el reto de llegar caminando a la capital, tras una larga marcha a pie que despertó con su ejemplo la admiración y la solidaridad de los trabajadores de todo el Estado.

Y el pueblo de Madrid respondió en su acogida. Mientras en Moncloa y a lo largo de la calle Princesa se agolpaba una inmensa multitud, para unirse a la marcha y acompañarla por las calles del centro, la Puerta del Sol se abarrotaba con decenas de miles de personas, a la espera de los mineros. Había trabajadores y trabajadoras de la industria y de todos los sectores, sindicalistas, estudiantes, indignados del 15M, activistas de la enseñanza pública, bomberos, jubilados, militantes del PCE y de todas las formaciones de la izquierda y sobre todo una marea innumerable de jóvenes.

Naturalmente, sindicatos y organizaciones sociales y políticas habían hecho un llamamiento a acudir, pero una respuesta tan multitudinaria sobrepasaba a las claras cualquier expectativa y evidenciaba la existencia de una sensibilidad social a flor de piel, honda, espontánea y muy extendida, más allá de la capacidad de convocatoria de cualquier convocante. Algo profundo y de efectos aún impredecibles se está moviendo en la conciencia del pueblo frente a la sostenida agresión del sistema capitalista y sus gestores políticos. Poco importó que al día siguiente hubiera que acudir al trabajo (los que aún lo conservan) y que el metro hubiera cerrado ya sus puertas. Pasaba de las 2 de la madrugada pero Madrid seguía en Sol, a pie firme, esperando la entrada de los trabajadores del carbón y el inmenso cortejo que les acompañaba.

Y al día siguiente se repitió la respuesta. En la Plaza Colón confluían riadas de madrileños y miles de trabajadores venidos desde Asturias, desde León y Palencia, desde el Bierzo, desde Aragón, Andalucía, Euskadi, Valencia, Castilla-La Mancha, Galicia, Extremadura, Portugal….para llegar al Ministerio de Industria y denunciar la chulería del Ministro Soria, exigir el cumplimiento de los compromisos gubernamentales y evitar el fin anticipado del sector del carbón con sus secuelas de miles de puestos de trabajo perdidos, de la miseria de miles de familias y del desplome de las comarcas mineras.

Entre el gentío, un bosque de banderas rojas, siguiendo a la pancarta del Partido Comunista de Asturias, señalaban la presencia inconfundible de un cortejo entusiasta en el que confluyeron camaradas de Madrid y de todas las regiones. Era ya el cortejo del Partido Comunista de España y de las Juventudes Comunistas, que con cantos, consignas y carreras hacía notar su identidad en el centro de la manifestación. Al igual que la víspera, las notas de la Internacional poblaban el aire de la mañana y el “Santa Bárbara bendita”, a modo de himno de la minería, se repetía un número incontable de veces.

Fue la demostración cívica, democrática, participativa y pacífica de un pueblo harto de la sostenida agresión a sus derechos, resuelto a expresar su rebeldía y su determinación de lucha. Mientras, en el Congreso de los Diputados, el Gobierno de los dueños del capital exponía su plan de nuevas agresiones contra los trabajadores y la inmensa mayoría social. A la larga secuencia de castigos contra las capas populares, que contrastan con las inyecciones de fondos públicos a la banca o con la amnistía fiscal a los multimillonarios defraudadores, venían a sumarse nuevas medidas de pillaje y ensañamiento: reducción en la prestación de desempleo, aumento del IVA, supresión de la extraordinaria de Navidad a funcionarios y trabajadores públicos….

Y, simultáneamente, como única respuesta al clamor de la calle, la represión más brutal e indiscriminada, programada con frialdad para enturbiar la demostración cívica, entorpecer el mitin final y ensombrecer la histórica victoria de la conciencia y la movilización popular. Así, surgieron la provocación y las bárbaras cargas de los antidisturbios que ocasionaron decenas de heridos, incluidos ancianos y niños, no pocos de los cuales hubieron de ser trasladados en ambulancias e ingresados en hospitales. Incontables testimonios, fotografías y vídeos dan noticia irrefutable de la crueldad gratuita de unas fuerzas represivas que fueron las auténticas responsables de los desórdenes públicos: pelotazos en las espaldas de los que no hacían sino huir, incluida una niña de once años, atropellos con los furgones policiales, ancianas derribadas a golpes, caras ensangrentadas a porrazos, ataques sin ninguna explicación a jóvenes que ya se iban significativamente con los brazos en alto, periodistas perseguidos y otros heridos que además fueron detenidos e incomunicados, sin que ni abogados ni familiares pudieran conocer el pronóstico de sus lesiones. La actuación policial rivalizó en barbarie con la de los duros tiempos del franquismo, mientras uno de los personajes más repugnantes del régimen, la neofascista Esperanza Aguirre, se burlaba de los manifestantes desde la impunidad de las pantallas de televisión. Por su parte, la caverna reaccionaria y sus empresas de comunicación preparaban ya los titulares: “La marcha de los mineros acaba a golpes”.

Se equivocaban. La marcha de los mineros no se acababa entonces. Una vez más, el sector más combativo de nuestra clase obrera lo único que acababa era de encender en Madrid, a la vista del mundo entero, la mecha de una respuesta social destinada a extenderse, a resistir y a golpear con una fuerza todavía desconocida a un sistema caduco, inasequible a las reformas, y al régimen monárquico bipartidista que le sirve de cobijo político.

Contribuir a extender y profundizar esa respuesta social de rebeldía y de alternativa es la gran tarea que hoy tiene que asumir sin desmayo, dándolo todo, el Partido Comunista. La clase trabajadora y todo el pueblo llano nos seguirá encontrando en ese camino.