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Haciendo camino junto a las Marchas de la dignidad

Hagamos un poco de historia. Las recetas neoliberales como salida a la crisis iniciada a finales de la primera década de este siglo, cargaban sobre nuestras espaldas los costes de una crisis económica de la que no habíamos sido responsables. Las reformas laborales, los recortes en materia de sanidad, educación, pensiones y servicios sociales, así como un paro estructural galopante y en aumento, ahogaban cualquier posibilidad de vivir dignamente en nuestro país.

Ante esa situación, el 22 de marzo de 2014 confluían en Madrid un abultado número personas sin afiliación, plataformas, asociaciones, mareas, sindicatos y organizaciones políticas bajo el lema de la dignidad. Una multitud -alrededor de dos millones de personas- decidida a pelear de forma colectiva por un cambio económico, social y político, inundaba las calles de la capital. La desesperación y el hastío del pueblo trabajador se transformaba en rabia organizada y, por tanto, en una importante palanca de transformación social. Decía Mario Benedetti que no es fácil saber cuál es el camino que nos lleva hasta el mar de la utopía sin contar con la lámpara de un guía surgido en algún cruce del destino.

Pues bien, recuerdo aquí al poeta porque la mayor movilización de la historia de este país desde la transición política española, nos servía de guía y venía a confirmar la posibilidad de construir un espacio de contrapoder social y político. Un espacio alejado de los cantos de sirena de la “izquierda” posibilista e institucionalizada y de todos aquellos intelectuales de gabinete que apostaban por el fin de la cuestión de clase y propugnaban el comienzo de una “revolución ciudadanista” contra las élites políticas. “Se equivocó la paloma, se equivocaba”, como así decía nuestro Rafael Alberti; se había hecho una lectura correcta del momento y quedaba claro que la batalla no sólo era esa.

Este movimiento surgido de aquella movilización, y en cuyo corazón latía un profundo malestar de la clase trabajadora, era capaz de integrar todas las contradicciones presentes en el sistema y, por tanto, de conectar con todas las expresiones organizadas de contestación derivadas de aquellas. En conclusión, le daba la espalda a ese discurso que intentaba desmovilizar y situar el conflicto en otros escenarios que no eran prioritarios y, quedaba patente, que la lucha trascendía a una simple pugna por democratizar las instituciones del Estado. Nuestra patria digna era, es y será siempre la patria sin fronteras de la clase obrera.

Un año más tarde, en 2015, un movimiento más maduro y con mayor implantación en el conjunto del territorio español, volvía a llenar las calles de Madrid el 21 de marzo. Por mucho que la derecha gobernante hablase de recuperación y brotes verdes, la situación continuaba siendo prácticamente la misma y, los motivos para la movilización, seguían estando más que justificados.

Hoy, dos años más tarde, y habiendo atravesado no pocas dificultades, las marchas de la dignidad seguimos en las calles. Aquella consigna de “Pan, trabajo, techo y dignidad”, es hoy más actual que nunca: Pan para todas aquellas personas que siguen viviendo bajo el umbral de la pobreza; trabajo para todos esos millones de personas que cada día envejecen en la cola del paro; techo para toda esa gente que es injustamente desahuciada de sus casas; y dignidad para todo un pueblo que ha dicho basta y apuesta por algo tan simple como la vida.

Además, en esta ocasión, con motivo de la gran manifestación que tuvo lugar el 27 de mayo, le hemos sumado la igualdad. La igualdad como un eje transversal a todo lo demás, ya que no entendemos un cambio social sin una apuesta radical por el feminismo. Ya saben ustedes, la revolución será feminista o no será, y qué demonios, “las marchas”, como así las solemos llamar coloquialmente, están en femenino.

El movimiento 22M y su espíritu de lucha no sólo siguen vigentes por la justicia de sus reivindicaciones, sino porque además nos han enseñado que la unidad popular sólo se construye desde la base. Nadie le pide el carné a nadie, pero todo el mundo respeta la identidad política e ideológica de cada uno sin renuncias ni genuflexiones vergonzantes hacia nadie. Más allá de los diseños cupulares para presentarse a las elecciones, es ahí donde ha estado la clave de la unidad y en dónde radica el éxito de las marchas. Antonio Machado escribía en los “proverbios y cantares” de su magna obra Campos de Castilla: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Pues ahí seguiremos nosotros, haciendo camino junto a las Marchas de la dignidad.

José Enrique Fernández González

Secretario de Comunicación del Partido Comunista de Asturias

Publicado en el número 3 de la revista de pensamiento crítico de Izquierda Unida de Oviedo “En Red”